La Carpeta:
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Sumemos el efecto de las “redes sociales” que no son sino redes para atrapar las voluntades de incautos que solo repiten lo que sea más amarillo o subido de tono, pero que no dejan de tener fuerte influencia en la confirmación de los anzuelos que se lanzan desde los centros de poder para capturar la opinión pública y delinear el pensamiento colectivo.
Carlos Chavarria
Mayo 15, 2017, 8:11 am

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No debemos llegar al año electoral nacional en el 2018 divididos como estamos. Los resultados electorales para los tres niveles de gobierno, desde 1988 a la fecha, convergen en una democracia electoral de minorías. Ningún alcalde, gobernador o presidente de la República llega al poder con el apoyo popular mayoritario, llegan legitimados, es cierto, pero no fortalecidos para gobernar.

Llegan al poder como producto de un proceso electoral tortuoso definido y diseñado para administrar la desconfianza. Sí, el proceso electoral y todo su aparato tan costoso es para tratar de asegurarnos a los votantes de que nadie de los involucrados se robó algún voto. Absurdo, pero así es.

El periodo de gobierno del PRI nos enseñó que los electos no lo fueron por la voluntad popular sino en razón de lo que diga el presidente saliente y los grupos de poder, así que en consecuencia no confiamos en nada o en nadie.

Estos pocos años de “alternancia” nos dejan un mal sabor de boca, pues lo mismo que le criticábamos al PRI, la corrupción y el robo desde el gobierno, los excesos del poder, las veleidades de los encumbrados y sus relativos, así como las dificultades económicas de las que no acabamos de salir, parece que son iguales para todos los partidos y aun para los mal llamados “independientes”.

Los medios de comunicación, el quinto poder, ya le entraron sin descaro alguno al juego de intereses económicos, abandonando su papel de censores, ahora manipulan la opinión publica en virtud de “sus” querencias económicas, forjando un mayor desconcierto en la comunidad respecto a qué es verdad o mentira.

Lo mismo encumbraron en su momento a Peña Nieto, Rodrigo Medina y Jaime Rodríguez, para luego ponerlos en la picota de la critica y el escarnio cotidianos.

Sumemos el efecto de las “redes sociales” que no son sino redes para atrapar las voluntades de incautos que solo repiten lo que sea más amarillo o subido de tono, pero que no dejan de tener fuerte influencia en la confirmación de los anzuelos que se lanzan desde los centros de poder para capturar la opinión pública y delinear el pensamiento colectivo.

Así que los electores decidimos y opinamos siempre en base a información sesgada y manoseada, eso sin considerar las medias verdades que dicen los candidatos en su afán de parecer mejores de lo que son.

Las repetidas decepciones y la cortedad de la memoria nos lleva a comprar nuevas esperanzas, por lo regular atadas a discursos populistas, mágicos, mesiánicos, simplistas, y sin fondo potencial real de cambio, así como a la atomización del publico electoral.

Grosso modo, 50% de la lista nominal no votan, del 50 restante, 40 se dividen entre 4 partidos, y el 10 con la chiquillada. Así que el que gane, obtendrá el poder con menos del 15% de las voluntades del país, por tanto no tendrá el apoyo de la ciudadanía.

Ese 15% está integrado por una sociedad dividida que quiere y espera cosas distintas. Un 50% de lo voto proviene de secciones electorales que pertenecen a la clase media, integrada principalmente por personas vinculadas a las burocracias públicas y privadas, que solo desean mantener el actual estado de cosas en sus privilegios sin profundizar en causas o participar en algún cambio en la cosa pública.

Otro 30% es voto de hambre que proviene de las clases más bajas que acaban siendo el “voto duro”, o idiotas útiles del régimen de turno y el discurso populista alternativo.

El 20% que completa el cuadro son “votantes volátiles” que no tienen idea de nada político, son los sin conciencia que en su manera superficial y veleidosa de observar y llevar su vida al final les da igual el resultado final, pero son los que llenan las redes sociales de absurdos.

Por otro lado, los propios partidos políticos están también divididos en facciones y sectarismos mercantilistas. Al menor asomo de oportunidad sus miembros más selectos cambian de color y convicciones, como si cambiasen de calzones.

El crimen organizado está tan dividido que ya resulta incontrolable y los cuerpos de seguridad también están atomizados entre la cobardía, la complicidad y la indiferencia.

Como postre, la economía nacional está colgada de alfileres. La deuda pública está a su límite, el déficit de cuenta corriente sigue creciendo, el mercado interno no crece, el gasto público imparable, la corrupción desenfrenada, y cualquier variación en las variables macroeconómicas nos pondrá en el umbral de otra gran crisis.

Son demasiados los fierros que nuestro país trae en la lumbre y así no se puede enfrentar la complejidad sociopolítica de un proceso electoral como será el del 2018. Alguien debe parar este carro que ya solo trae inercia pero no dirección o control.

Debemos parar la evolución a través de un gran pacto que al fundarse en el compromiso con la verdad, revolucione las conciencias y nos mantenga en la senda de la paz social.

Para lograrlo es requisito que el presidente, los empresarios, los medios de comunicación y todos los centros de poder, así como los interesados en tomar el poder, como AMLO, se comprometan a sacar las manos del proceso electoral y no ensuciarlo, así como respetar las reglas del juego.

¡Por un México sin mentiras!

¡Más sociedad, menos gobierno!

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