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La escena es ya –¡ay!– un cliché de la ciudad de México. 12 de la noche, salida del trabajo.
Staff
febrero 3, 2012, 7:10 am
Espíritu de Contradicción

Por Nicolás Alvarado

EL UNIVERSAL

La escena es ya –¡ay!– un cliché de la ciudad de México. 12 de la noche, salida del trabajo. (No, no me dedico a ejercer la prostitución, o cuando menos no en el sentido sexual del término; lo que hago es conducir un programa de televisión –lo que, dirán algunos, no queda tan lejos– que por malhadada casualidad de la parrilla programática se transmite a esa hora). Alto en la esquina de Chapultepec y Cuauhtémoc, que aprovecho para rebuscar en el iPod el disco de Chet Baker que se ha constituido en mi más reciente obsesión musical. En ésas estoy, cuando oigo un golpe tenue pero sordo contra el parabrisas. Elevo la mirada para constatar que nadie intenta robarme aunque, sí, qué remedio, asaltarme. Y es que no puedo nombrar sino como asalto –asaltar, sentencia Moliner, esa Doña María que sí es mi mero mole, sería “atacar una fortaleza, una posición enemiga, etc., para penetrar en ella o tomarla”– el gesto del tipo que se encuentra ahora casi perchado sobre el cofre de mi coche y que, literalmente sin decir agua va, ha mojado ya la tercera parte de mi parabrisas poco menos que inmaculado –había llevado el auto a lavar apenas horas antes– con una mezcla jabonosa de color indefinido que restriega alegremente merced a una estopa cochambrosa.

Como no soy nuevo en la vida (ni en esta ciudad, tan agresiva como la vida misma), sé ya cuál es la etiqueta al uso: agitar el índice como si bailara boogie-woogie (aunque para nada esté in the mood) mientras profiero una retahila cortés pero firme de nononoés. (Si bien el efecto no suele ser inmediato –los limpiaparabrisas, digamos, espontáneos (es decir la gran mayoría) generalmente no cejan hasta el quinto o sexto no, en un intento por vencer al enemigo por agotamiento y así recolectar su propina–, parecería la única forma posible de evitar terminar el episodio con la vidriera siquiera un pelín menos sucia de lo que estaba.) He aquí, sin embargo, que éste es terco por lo que, aunque me empeño en la negativa, persigue en su intento por horadar mi auto, ahora ya de plano trepado cuan largo es sobre el cofre, en pose a medio camino entre Alien-El-Octavo-Parajero y gordibuena de calendario de refaccionaria. Mis negativas, lo confieso, van subiendo de tono conforme se multiplican, hasta culminar en un atronador “¡No, carajo, que no! que profiero ya con la ventanilla baja.

Reacciona, sí, pero no bien. Desmonta mi auto, se acerca a mí blandiendo los puños y me espeta un “¿Y por qué chingados no?”, inmediatamente seguido de un “Pues bájate a ver si tan machín, pinche televiso”. Como yo soy de uso rudo pero mi traje no, opto por ignorarlo, le hago una seña obscena mientras subo la ventanilla, me congratulo de que justo entonces se ponga el siga, arranco mientras él, fuera de sí todavía, aporrea la cajuela de mi coche. Nada hemos sufrido en lo físico el vehículo ni yo y, sin embargo, me siento ultrajado.

Prefiero las políticas públicas a la caridad y abomino del comercio ambulante pero no soy un ingrato: he llegado incluso en ocasiones a celebrar que existan limpiaparabrisas en las calles no porque me parezca un oficio particularmente digno y provechoso para ellos pero sí porque sus servicios han llegado –perdóneseme la tautología necesaria– a servirme. Para que un servicio sirva, sin embargo, es menester que sea solicitado o, cuando menos, consentido, y he aquí que éste no lo fue, que éstos rara vez lo son. Así se pasa del servicio al ser vicio.

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