Gran Angular
Raúl Rodríguez Cortés
EL UNIVERSAL
Un personaje de la calidad moral de José Woldenberg, primer presidente del IFE totalmente ciudadanizado, dijo el miércoles pasado que un fraude electoral es ahora prácticamente imposible. Y hay que creerle, sí, desde el punto de vista del conteo de los sufragios que tendrá lugar en casillas y distritos electorales sobre vigilados, y en los procesos cibernéticos auditados favorablemente por instituciones como la UNAM y el Politécnico.
Pero eso no descarta las maniobras de compra de votos de las que ya advertíamos aquí en la entrega pasada y el depósito en las urnas de esos sufragios comprados. Para ello hay viejas prácticas en las que los priístas son histórico expertos, pero en las que otros partidos con suficientes estructuras de operación electoral, también podrían incurrir.
Uno de esos mecanismos contra el que prácticamente no hay antídoto es el llamado “carrusel” o “ruleta”. No se opera directamente en la casilla sino desde algún domicilio cercano a ella.
El operador electoral cita ahí, en diversos momentos de la jornada, a los ciudadanos que han accedido a vender su voto. El primero de ellos entra a la casilla, recoge las papeletas correspondientes y en lugar de depositarlas en las urnas, las guarda y sale con ellas como sin que en realidad hubiera votado. Regresa al centro de operaciones, entrega ahí las papeletas (a cambio del pago por su voto) que serán marcadas a favor del candidato o candidatos por beneficiar, y se le dan al siguiente ciudadano que irá a la casilla. Éste recoge las boletas que le corresponden, las guarda, deposita en las urnas las que ya traía marcadas, regresa al centro de operaciones, cobra su dinero o pago en especie y entrega las boletas limpias que ahí serán marcadas y entregadas a otro ciudadano. Y así hasta el infinito.
Por la secrecía del voto y las mamparas que normalmente se colocan en las casillas para garantizarla, es difícil que los funcionarios de casilla y los representantes de los partidos políticos puedan detectar esa maniobra. Pero ahí donde entran los grupos de ciudadanos que se han organizado para cuidar el voto o el votante mismo, que al salir de ejercer su derecho puede abrir bien los ojos y detectar algún domicilio, no habilitado como casilla, donde seguramente verá entrar y salir a un número anormal de gente. Tenga por seguro que ahí se está organizando algún “carrusel” y hay que denunciarlo.
En casos como el anteriormente narrado se basa la idea popular de que el fraude no se comete en la casilla sino fuera de ella, apreciación tan sabia como aquella que asegura que la mejor manera de limitar el efecto de esas prácticas, es salir a votar masivamente. Entre mas vayamos a votar mas se amplían las posibilidades de que la compra de votos no sea suficiente para inducir el resultado de una elección.
Vea usted los siguientes datos:
En las elecciones de 1994, la lista nominal de electores fue de 45 millones 729 mil 57 ciudadanos de los que votaron 35 millones 285 mil 291 ciudadanos. Esto quiere decir que votó 77.16% de esa lista y que el abstencionismo fue de 22.84%. Un levantamiento indígena y dos asesinatos políticos de alto impacto crearon aquel año tal miedo entre los mexicanos que la gente decidió salir a las urnas para refrendar su vocación por la paz. Con ese “voto del miedo”, Ernesto Zedillo ganó la Presidencia con 48.69% de los sufragios. Este ha sido uno de los porcentajes mas altos de participación electoral.
En las elecciones de 2000, la lista nominal fue de 58 millones 782 mil 737 ciudadanos de los que votaron 37 millones 601 mil 618 electores. Votó, entonces, 63.97% de la lista y el abstencionismo fue de 36.03%. El nivel de participación fue alto (en relación con el promedio histórico que apenas supera los 50 puntos) y determinante para que Vicente Fox ganara con 42.52% de los votos, siete puntos mas que Francisco Labastida, y echara al PRI de Los Pinos.
Y en las elecciones de 2006, la lista nominal fue de 71 millones 374 mil 373 electores de los que votaron 41 millones 791 mil 322 ciudadanos. Esto quiere decir que votó 58.55% de la lista y que el abstencionismo fue de 41.45%. La participación no fue tan baja pero si fue inferior a la alcanzada en las elecciones de Zedillo y Fox, lo que seguramente –maniobras fraudulentas o no- influyó en que Felipe Calderón, con 35.89% de los votos, apenas superara con la mitad de un punto porcentual a Andrés Manuel López Obrador.
En esta elección, la lista nominal es de 79 millones 454 mil 802 ciudadanos. Una participación similar a mayor al 77% de 1994, estos es, mas de 61 millones de votos, no solo impediría que maniobras ilícitas influyeran en el resultado final, sino que dotaría de una gran legitimidad al ganador de la contienda.
Por eso le insisto y le invito: ¡salgamos a votar!


