La Carpeta:
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Y propongo un deseo colectivo de año nuevo: que los mexicanos comprendamos que nosotros somos la patria y México es nuestra filia, la suma de nuestros vicios que hemos de contrarrestar en aras de nuestras virtudes para que el 2012 nos traiga más calor que frío y más renacimiento que muerte.
Staff
diciembre 29, 2011, 6:18 am

Agustín Basave

Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
Colaboración especial
EL UNIVERSAL

Hace frío, un frío húmedo y brumoso. La ciudad tirita envuelta en una cobija de algodones blancos y grises, difuminando su paisaje urbano en un cuadro impresionista. Es invierno y estoy en Monterrey, mi tierra, que como cada diciembre está recibiendo la gélida bofetada que sacude el rostro imperturbable de su verano.

Acaso para ahorrarnos la parte intermedia del termómetro, el tiempo es aquí calor con puntos suspensivos y un impredecible paréntesis de hielo. Los regiomontanos, dice el chiste, tenemos el clima más estable de México, porque siempre está malo. Quizá, pero sabemos a qué atenernos. En días como hoy valoramos a la bola de fuego que quema el resto del año, ésa a la que sólo Bóreas se atreve a ponerle las manos encima para arrojarla quién sabe a qué lugar detrás de las montañas. Y es que el halo invernal es fugaz pero genuino, a diferencia de esos forasteros que llaman primavera y otoño a los que en vano esperé durante casi veintidós años. Tuve que irme a estudiar a Estados Unidos para darme cuenta de que las imágenes de praderas con flores multicolores o de árboles de follaje marrón y ámbar no eran fotomontajes.

Uno tiene que salir de su terruño, en efecto, para entender los mapas. Yo conocí el mar en mi adolescencia; antes de viajar a las costas del Pacífico mexicano, la concentración más grande de agua que había visto era un charco que se formaba en la cochera de mi casa dos o tres veces al año, cuando llovía. Crecí a unos metros del cauce seco y polvoso del Santa Catarina, y sólo en mi juventud pude visitar el sureste y convencerme de que hay ríos donde uno puede bañarse. Tiempo después, tras de asentarme en la Ciudad de México, me volví a ir a estudiar al extranjero, esta vez a Inglaterra, y empecé a extrañar la temperatura extremosa de mi niñez. Allá también hallé no cuatro sino dos estaciones, pero distintas: invierno y la del tren. Después de respirar tanta neblina y de vislumbrar esporádicamente su sol lagañoso, comprendí que la verdadera etimología del adjetivo de flemáticos con que se describe a los ingleses no viene de su carácter sino del fluido viscoso que su clima les provoca en las vías respiratorias, y me di cuenta de que la verdadera motivación del Imperio Británico era buscar colonias descaradamente soleadas, donde el astro rey no se asomara con tanta discreción y cortesía.

El hecho es que escribo estas líneas en Monterrey y hace un frío de los mil demonios que invoca el abrigo de las reminiscencias. Algunos articulistas aprovechan esta temporada para hacer recuentos del ciclo anual que termina y otros recomiendan libros, discos o películas. Yo la asocio a la Navidad y al fin de año, al nacimiento y a la muerte, y por eso suelo recordar mi infancia. Todos fuimos niños, todos echamos de menos en estos días a personajes entrañables que se nos adelantaron y todos podemos identificarnos con las remembranzas ajenas. Permítaseme pues compartir las mías. La Nochebuena me era inconcebible sin mis padres; aún cuando dejé mi primer hogar seguí regresando cada diciembre para cenar con ellos. Mi madre se fue hace un cuarto de siglo y mi padre hace un larguísimo lustro, pero yo los recobro en estas fechas. Abro la puerta de mi memoria y la veo a ella en su mecedora, planeando la fiesta y los regalos navideños con una ilusión tan grande como la que sus hijos guardábamos en la espera, y a él en su escritorio, absorto en algún libro, con la pluma en una mano y un cuaderno en la otra. Y por ahí deambulo un rato entre las cosas que se impregnaron de ellos y me marcaron a mí, hasta que cierro lo más despacio que puedo el zaguán y regreso a la fría realidad.

La verdad es que no quiero ni puedo olvidarlos, y menos cuando vengo a congelarme un rato en mi nevera regia. Mi mamá era una mujer sincera y hogareña, impulsiva y antisocial. Detestaba la hipocresía y las poses de falsa cordialidad. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que mi personalidad, que yo atribuía en gran medida a mi herencia paterna, se la debo tanto o más a ella, para bien y para mal. Me hizo franco y cuasi anacoreta. Me enseñó a preferir al irreverente sobre el melifluo, a privilegiar la autenticidad sobre los buenos modales. Mi papá, en cambio, me dejó un alma sensible blindada de racionalidad. A él le debo más de un testimonio de valentía, toda una cátedra de ética y la mitad de mi casa. Cada uno a su manera, por cierto, contribuyó a vestirme con un manto de espiritualidad que nunca he podido quitarme de encima y que me mueve a levantar de vez en vez la vista al cielo sin percatarme siquiera de que lo estoy haciendo.

Quiero despedir el 2011 con la convicción de que, gracias a mis padres, mis errores no me han hecho un mal ser humano. Y propongo un deseo colectivo de año nuevo: que los mexicanos comprendamos que nosotros somos la patria y México es nuestra filia, la suma de nuestros vicios que hemos de contrarrestar en aras de nuestras virtudes para que el 2012 nos traiga más calor que frío y más renacimiento que muerte.

Twitter: @abasave
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