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Nos entusiasmamos cuando los vimos tirarse de la plataforma de 10 metros con una excelente sincronización.
Staff
agosto 16, 2012, 6:52 am

Emilio Rabasa Gamboa

Investigador del IIJ de la UNAM
El Universal

Nos entusiasmamos cuando los vimos tirarse de la plataforma de 10 metros con una excelente sincronización.

No acabábamos de disfrutar el pódium de Iván García y Germán Sánchez cuando ya Paola Espinosa y Alejandra Orozco repetían la misma hazaña en la misma especialidad: plataforma de 10 metros clavados sincronizados. Pero Laura Sánchez no podía quedarse atrás y consigue bronce en el trampolín de tres metros.

Casi inmediatamente después Aída Román y Mariana Avitia logran el 2 (plata) 3 (bronce) con certeros tiros de flecha con arco y nuestra guapa abanderada María del Rosario, el bronce en el taekwondo, categoría de +67 kilos.

Cuando parecía que nuestra delegación regresaría sin haber visitado el olimpo dorado de los dioses que en Grecia dio nacimiento a estos juegos en 776 a.C., 18 jóvenes, en su gran mayoría menores de 23 años, la conocida Sub-23, dirigidos por un técnico sobresaliente: Luis Fernando Tena, nos regalan un momento de gloria a millones de mexicanos, al derrotar nada menos que a Brasil, donde el futbol es más que una religión, y nada menos que en el emblemático estadio de Wembley, catedral del futbol británico, país en donde se inventó este deporte.

Lo que se creía no sólo imposible, sino improbable, se hacía realidad: que México subiera al primer lugar en el pódium en el futbol olímpico y se le colgara la preciada medalla de oro. Experimentábamos ese único sentimiento que se produce muy de vez en cuando, a veces una o dos veces en el transcurso de una vida, cuando lo humano expande sus propios límites hasta ese momento conocidos, y se advierte que todavía puede haber algo más y mejor.

Sin desconocer los méritos de nuestros atletas, debemos ahora dimensionar bien este logro para no engañarnos acerca de nuestras políticas públicas de deporte de alto rendimiento.

En relación con Beijing 2008, nuestra posición en el medallero descendió dos peldaños de la tabla general, del lugar 37 al 39, de un total de 205 delegaciones.

Jamaica, un país con un poco más de 2 millones 800 mil habitantes (frente a los más de 112 millones de México), obtuvo 12 medallas, cuatro de oro (de las cuales sólo Usain Bolt se llevó tres), cuatro de plata y cuatro de bronce, tanto varones como mujeres, concentradas todas en atletismo y en carreras del alta velocidad obteniendo la posición 18 en el medallero olímpico (21 lugares arriba de México).

Ahora es pertinente preguntarse por la relación costo-beneficio en el deporte de alto rendimiento, es decir, si los resultados obtenidos están justificados por las sumas asignadas en el presupuesto a Conade para esta actividad, o si, como Jamaica, es factible hacer más con menos, concentrándonos en unas actividades deportivas sin gastar en todas.

En este contexto resultaron muy oportunas las palabras del rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, José Narro Robles, al inaugurar el nuevo ciclo escolar 2012-13: “México no puede ser una nación moderna, mientras no mejoremos nuestros niveles instructivos. No podemos conformarnos con el hecho de que cuatro de cada 10 mexicanos de 15 años y más se encuentren en rezago educativo”.

Retomando la propuesta de José Narro, la nueva administración federal deberá plantearse la educación como una de las grandes prioridades del país, si no es que la principal, ya que en palabras del rector: “no es un asunto de un gobierno o de un sexenio, es un asunto de una nación, del conjunto del Estado nacional, de sus poderes públicos y de la sociedad”.

Falta un largo camino que recorrer de Londres 2012 a Río de Janeiro en 2016, pero si, como lo demostraron nuestros jóvenes atletas olímpicos, la mentalidad en el deporte ha cambiado, es el momento de reflexionar y replantearnos la política deportiva como una parte importante de la política educativa y, sobre todo, en la educación media-superior y superior, porque de persistir esos altos niveles de analfabetismo, deserción escolar o falta de oferta universitaria que deja a miles de jóvenes fuera de las universidades, no sólo habremos descendido en el medallero olímpico, sino que en lugar de conducir a nuestro país hacia su cenit, lo habremos sumido en el ocaso de su desarrollo.

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