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Tres presentes. En el proyectado -el momento en que el lector sostiene en sus manos el periódico del día para leer esta columna-, cruzo el Atlántico de regreso a casa.
Staff
junio 22, 2012, 11:57 am
Espíritu de contradicción

Por Nicolás Alvarado

EL UNIVERSAL

Tres presentes. En el proyectado -el momento en que el lector sostiene en sus manos el periódico del día para leer esta columna-, cruzo el Atlántico de regreso a casa.

En el real, trabajo en un café sito a apenas una cuadra de mi hotel londinense, acompaño la escritura con una taza del único espresso decente que he encontrado en esta ciudad volcada al té. (Cumpliré con mi vocación de servicio y referiré el dato del establecimiento para el cafetómano que contemple una visita próxima a la capital inglesa: se llama Cocomaya y se alza en el 186 de Pavillon Road, a media cuadra de Sloane Square, en Chelsea.) En el histórico, sin embargo -mi tiempo favorito pues es el que permite contar algo como si se viviera en el instante mismo-, hoy no es el viernes en que publico ni el miércoles en que escribo sino el martes en que paseo por la ribera del Támesis frente al complejo de edificios que lleva el pertinente nombre de Albion, donde residen las oficinas de Foster + Partners, taller arquitectónico de Norman Foster, uno de los arquitectos más justamente celebrados del mundo (y, claro, autor del complejo donde trabaja). Se trata, previsiblemente, de una zona elegante.

Algo hermana las tres escenas, más allá de mi viaje a Londres: los perros. El viernes pienso en perros (en uno en especial, de hecho: Ralston, el mío, al que extraño, con quien anticipo ya reunirme). El miércoles distrae mi vista del teclado de la computadora una linda escena: unas piernas desnudas y bien torneadas -es verano ya, y las londinenses aprovechan para calarse la feliz minifalda las pocas semanas en que les es posible- que se ven seguidas por un fox terrier entrañable, casi tan guapo como su dueña.

Y el martes, afuera de las lujosas oficinas de uno de los creativos más celebrados del orbe, la gente pasea a sus perros, disfruta de una tarde soleada con sus chuchos de pedigrí o callejeros, juega con ellos, los deja olisquear, los mima.

Perros también he visto en el Metro. (Ayer, uno, mucho menos contento que los anteriores, golden retriever compañero de una mujer entrada en años y en carnes -los tobillos hinchados embutidos en medias de popotillo y desbordándose de las sandalias- que acaso la hubiera escoltado a cobrar su pensión; cierto: mi imaginación enfebrecida se dispara cuando olvido llevar material de lectura en mis trayectos en el transporte público.) Y en las tiendas departamentales, donde parecen mucho mejor educados que sus dueños, y es que los ingleses pierden su natural flemático no bien son anunciadas las rebajas de Harrods y de Selfridges, que comenzaron apenas el lunes pasado y en las que apenas queda ya mercancía disponible, y eso en tallas extra grandes (digamos que no queda ya saldo de los saldos).

Conclusiones: 1) los perros ingleses son perros bien educados, que saben comportarse en sociedad; y 2) los humanos ingleses son humanos bien educados, que saben no sólo educar a sus perros para comportarse en sociedad sino integrarlos, como merecen, a ella.

Nuevo presente histórico: esta mañana en el taxi, cuando comento con un compañero de trabajo mis reflexiones perrunas (¿perras?) y él me responde que el problema es que los mexicanos somos crueles con los perros, y me cuenta una anécdota reciente en que, apostado a las faldas del Popocatépetl -es camarógrafo televisivo-, vio al conductor de un camión arrollar a un perro y arrojarlo, vivo todavía, a la basura.

No tengo muchas ganas de regresar.

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