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La palabra francesa mirage significa espejismo o fantasía; alude a un ente irreal, fantasioso, producto de nuestra imaginación. Viene a cuento por las muchas situaciones fantasiosas que ocurren en la política mexicana.
Staff
julio 24, 2012, 10:15 am

Francisco Rojas

(Coordinador de los diputados federales del PRI)
El Universal

La palabra francesa mirage significa espejismo o fantasía; alude a un ente irreal, fantasioso, producto de nuestra imaginación. Viene a cuento por las muchas situaciones fantasiosas que ocurren en la política mexicana.

Fue una fantasía pensar que el pasado proceso electoral transcurriría sin conflictos. De nada valieron las décadas de construcción de nuestra democracia, sus leyes, normas e instituciones; éstas fueron descalificadas y acosadas por grupos de izquierda radicales. Fue una fantasía creer que López Obrador aceptaría los resultados. Los desconoció aunque su desventaja de votos frente al ganador fue 12 veces mayor que en 2006.

AMLO se vale de espejismos para descalificar: acusa al PRI de haber gastado miles de millones de pesos en la compra de cinco millones de votos, sin los cuales él habría triunfado. Pero esa imputación supondría que cinco millones de votantes habrían usado un número igual de celulares para fotografiar su voto y así comprobarlo y poder cobrar por él, en sitios que no fueron vistos ni reportados por los miles de observadores nacionales e internacionales que vigilaron la elección. Y si el PRI podía comprar tantos votos, ¿por qué no fue por el paquete completo: presidente, senadores y diputados?, ¿por qué perdió en seis estados gobernados por priístas?

Al firmar el Compromiso de Civilidad, AMLO admitió que, por lo menos hasta el jueves 28 de junio, el proceso electoral era legal, y para entonces ya habrían ocurrido todos los supuestos actos que ahora cita para invalidar ese proceso. Se ofende a la ciudadanía al acusarla de vender en masa sus votos.

La izquierda radical se dice impoluta y acusa al PRI de comprar voluntades con despensas y otras prebendas. Pero en su libro y en programas radiofónicos, Rosario Robles ha dicho que, como candidato a jefe de Gobierno del DF López Obrador le pidió miles de despensas para repartir en su campaña, a lo que ella se negó. ¿Y dónde quedan los vales, las tarjetas prepagadas y todos los apoyos sociales que instauró para comprar la voluntad de múltiples grupos necesitados? ¿Dónde quedan el “pase de charola” a un grupo de empresarios, el “apoyo” de un empresario acerero al presidente del PRD para gastos de campaña o los ingresos no aclarados de Honestidad Valiente para financiar los gastos de López Obrador durante seis años?

¿No se trata acaso de crear un espejismo distractor con la acusación de que el candidato del PRI atrajo para sí mucha atención de los medios, especialmente de los electrónicos, desde que era gobernador del Estado de México con objeto de preparar su futura campaña presidencial? Si a esas vamos, López Obrador estuvo en campaña más de 12 años, con amplia cobertura mediática.

Una fantasía, por decir lo menos, es reconocer como legítimos los triunfos de la izquierda en Tabasco, Morelos, el DF, senadores y diputados, pero afirmar que los triunfos de los demás están viciados.

No, no es con espejismos, con acusaciones fantasiosas o movilizaciones como las acordadas en Atenco como se va a invalidar la voluntad de más de 19 millones de mexicanos. De nada les servirá presionar a las autoridades electorales o amenazar con proceder contra todas las demás si no se invalida la elección, para cambiar el veredicto popular que le dio el triunfo a Enrique Peña Nieto. Ningún plan de resistencia de un candidato derrotado puede revocar la voluntad popular, presionar al Trife o violar la ley.

El pueblo de México ya no soportaría otro 2006; la democracia y los caminos legales permiten cambiar las cosas que estén mal o incompletas. Si se requiere modificar el marco jurídico de las elecciones, hagámoslo por las vías institucionales, pero, eso sí, tengamos presente que ninguna norma será suficiente para los desleales a la democracia.

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