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La necesidad de cimentar en México una nueva cultura cívica va de la mano con una nueva cultura política y una ciudadanía de calidad, informada y, sobre todo, participativa.
Staff
junio 28, 2012, 10:44 am

Luis Maldonado Venegas

Secretario de Educación Pública del estado de Puebla
EL UNIVERSAL

La necesidad de cimentar en México una nueva cultura cívica va de la mano con una nueva cultura política y una ciudadanía de calidad, informada y, sobre todo, participativa.

Para exigir hay que decidir y participar. ¿Hasta dónde la decisión? ¿Hasta dónde la participación? ¿Termina todo con llegar a la urna y depositar una boleta electoral? ¿Participar con la representación de los partidos? ¿O directamente, sin ellos? ¿Hay tiempo para recrear una cultura política? ¿Hay condiciones para que la política y sus actores recuperen terreno?

Mauricio Merino apunta que el dilema parece encontrarse entre los términos participación y representación, palabras cuyo significado ha cambiado o evolucionado en diferentes épocas y en el seno de diferentes sociedades. Lo primero que nos sugiere el reclamo de participación es un reproche ciudadano a quienes se les ha confiado la representación y no han podido o no han querido ser puentes de entendimiento y comunicación entre gobernantes y gobernados: los políticos, que no escuchan, no atienden, no sirven a los grupos que componen una nación, acusan los reclamantes.

Sin embargo, dice Merino, representación y participación se requieren inexorablemente. Cuando aquella crítica a las formas tradicionales de representación democrática llegó al extremo de reclamar una democracia participativa capaz de sustituirla, olvidó por lo menos dos cosas: que la participación no existe de manera perfecta y olvidó los dilemas básicos que ya comentamos. Pero olvidó también otra cosa: que la verdadera representación no puede existir sin el auxilio de la forma más elemental de la participación ciudadana: los votos del pueblo.

Para muchos, primero hay que elegir libremente a los representantes; después vincular y exigir que se refleje el resultado electoral en las políticas públicas. Y la mejor manera de hacerlo es confiar, participar, vigilar y acatar el mandato depositado en las urnas. Pero no se puede dar ese importantísimo paso deslegitimando sistemáticamente a las instituciones democráticas, por deficitarias que sean. Porque, quien deslegitima por sistema, acaba deslegitimándose a sí mismo, en tanto que el ninguneador también se ningunea.

Sin participación no hay democracia. Participemos y démonos una oportunidad “para no transitar de la esperanza al escepticismo”, como le ocurre al protagonista de la novela El desencanto, de José Woldenberg.

luismaldonadovenegas@hotmail.com EL UNIVERSAL/EEG, 280612
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