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La amargura es una refinada variante del suicidio y posee la virtud de que si es bien alimentada crece con el tiempo, cosa imposible si se trata del suicidio pues, como sabemos, este se agota en cuanto es cometido.
Staff
enero 8, 2012, 10:40 am
Terlenka

Guillermo Fadanelli

EL UNIVERSAL

Antes de comenzar con mis digresiones semanales, quiero hacer énfasis en que mis deseos más apremiantes para el año que comienza es que los pocos amigos que aún me rodean se percaten de que soy un ser mezquino y arrogante y me permitan practicar la soledad que tanto bien hace a los hombres amargados. La amargura es una refinada variante del suicidio y posee la virtud de que si es bien alimentada crece con el tiempo, cosa imposible si se trata del suicidio pues, como sabemos, este se agota en cuanto es cometido. Ramón Gómez de la Serna decía que en Madrid nadie mostraba interés en suicidarse —ese Madrid que sucedió en las primeras décadas del siglo que recién nos abandonó— y no lo hacían porque el río Manzanares casi no tenía agua: en Madrid podían vivir felices las almas en pena perpetua.

En la Ciudad de México los ríos entubados inspiran sentimientos oscuros y las almas en pena perpetua no son felices. Las fuentes escasean mientras crecen los edificios y la roña política. En Ángeles, demonios y otros bichos, obra de alta pericia y plena de un sarcasmo notable, dicho sea de paso, Julián Meza ha escrito que después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial algunos intelectuales creyeron que la civilidad sería recuperable aunque después de varias décadas las catastrófica condición humana continuó siendo la misma. Y añade: “...pero no me pienso suicidar, aun cuando por el simple hecho de vivir en la ciudad de México tal vez lo esté haciendo.” Julián Meza es un escritor que debería ser más leído por las escasas almas sensatas que aún sobreviven en nuestra época. “El complejo arte de la amistad”, “La irresponsabilidad del escritor”, “No hay otros infiernos”, son algunas de las breves piezas que este escritor ha reunido en el libro antes mencionado. Yo creo que su ironía sin sutileza (pues una ironía sutil no es más que hipocresía) le viene de haber nacido en Orizaba, de donde también era mi madre, y sé por experiencia que lo más conveniente es no causar disgustos a la gente de esta región pues su respuesta es siempre fulminante.

Son tantos los libros que no se leen y autores en vida que se desprecian (pues ni siquiera se está al tanto de su existencia). Es posible que los buenas obras avancen con paso discreto y pudoroso, pero sin curiosidad, malicia y olfato para el descubrimiento el lector no es más que un cesto de basura en el que cualquier empresa editorial puede depositar todo su producción literaria. Las publicaciones continúan la tradición de realizar una lista de las mejores obras escritas durante el año y es verdad que una afición semejante no causa más que confusiones y desazón. Las listas por demás absurdas, analfabetas e interesadas no pueden sustituir la mirada del crítico ni la lectura sosegada que nos ofrece el tiempo y la mesura. De la nada escritores que tienen dos o tres obras y que apenas si están construyendo una voz se imponen en la opinión superficial como una revelación consumada. La voz puede nacer en el primer libro, es verdad, lo mismo que el sentido de la ironía o el talento para provocar escollos en las miradas comunes, pero este fenómeno se presenta en casos excepcionales: cuando se lee “¿Por qué tose la gente en los conciertos?”, de Luis Ignacio Helguera uno sabe que el estilo que sobresale en sus páginas no es formal ni premeditado, sino que es esencia de una conciencia que escribe desde lo que no puede dejar de ser. Hace unos días leyendo dos ensayos de Plutarco —obsequio de un amigo que ahora enferma—, me di cuenta que por más veneración o cuidado que haya puesto yo en este autor clásico no tiene mucho que decirme, acaso solamente los títulos de sus ensayos son saludables: “Cómo sacar provecho de los enemigos” y “Cómo distinguir a un adulador de un amigo.” Si uno tiene paciencia encontraremos aun vivos, en castellano y no en las listas atropelladas de fin de año a Plutarcos más sustanciosos y notables que el mismísimo moralista griego de Beocia.

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