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Pasó el tiempo y fui olvidando aquel libro, aquellos garabatos barrocos hechos con tinta ferrogálica, con su inconfundible y hermoso color sepia, reminiscente de los melancólicos daguerrotipos de la Bella Época -pero a la vez tan diferentes, tan distantes en el tiempo y en las escuelas de los estilos. Pequeños placeres y fantaseos de un viejo lector.
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enero 4, 2012, 5:47 am
Libros y Otras Cosas

Por David Huerta

EL UNIVERSAL

Cuenta el historiador norteamericano Robert Darnton que en sus días de estudiante en la Universidad de Harvard, se enteró que era posible consultar la colección de libros raros, conservados celosamente en las estanterías de la biblioteca del campus. No del todo convencido, se propuso averiguarlo por su cuenta: acudió a las oficinas de ese acervo y en unos cuantos minutos tenía en las manos un libro con los ensayos de Ralph Waldo Emerson –ejemplar extraordinario, que había sido propiedad del genial novelista Herman Melville. El hecho sería un dato frío sin mucho relieve ni proyecciones si no fuera porque el libro de textos emersonianos estaba “intervenido”: Melville había hecho anotaciones, subrayado pasajes y puesto al margen de algunas páginas sus observaciones, algunas de ellas en franco desacuerdo con las ideas del filósofo trascendentalista.

A muchos lectores nos ha ocurrido algo semejante, en diferentes escalas. El visitante de una librería de viejo puede, al hojear los libros en venta, descubrir intervenciones de los antiguos poseedores de los volúmenes; casi siempre resultan ininteligibles: frases o cláusulas destacadas por el lector anterior que para nosotros no tienen el menor sentido y que nos intrigan, nos irritan o nos llenan de curiosidad por el modo en que operan otras mentes, otras sensibilidades. ¿Por qué a ese lector desconocido le habrá llamado la atención un determinado puñado de palabras? Desde luego, uno qué va a saber: la mención más cursi de un pasaje natural puede tener resonancias insondables para alguien, mientras que para nosotros resulta inane, desabrido, inmemorable.

Los libros intervenidos por nosotros mismos hace años pueden tener un efecto semejante de sorpresa e inquietud repentina. ¿Cómo pude asombrarme con estas obviedades o con ese estilo desbaratado? Creemos que con el paso del tiempo nos volvemos mejores lectores; pero es una opinión frágil, como todas. A veces descubrimos –con un asombro de alto voltaje, ese sí– que en nuestra adolescencia fuimos más sagaces, más despiertos, más originales.

En alguna ocasión tuve ante los ojos una edición antigua con poemas del siglo XVII. En los márgenes había anotaciones y diversas marcas de intenciones intrigantes.

Lo que le había ocurrido a ese ejemplar me tuvo obsesionado durante algunos meses: me preguntaba cómo había llegado a México, quiénes habían sido sus poseedores y, sobre todo, quién era el lector que había hecho esa serie de anotaciones. Sostuve teorías, quizá descabelladas, que apenas pude comentar con un par de personas.

Pasó el tiempo y fui olvidando aquel libro, aquellos garabatos barrocos hechos con tinta ferrogálica, con su inconfundible y hermoso color sepia, reminiscente de los melancólicos daguerrotipos de la Bella Época –pero a la vez tan diferentes, tan distantes en el tiempo y en las escuelas de los estilos. Pequeños placeres y fantaseos de un viejo lector.

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