Terlenka
Por Guillermo Fadanelli
El Universal
La pedantería es una de las cualidades humanas que más aversión me causan. Y tengo un buen olfato para reconocer la pedantería cuando se hace presente a mi alrededor.
Con respecto a la palabra “pedante”, María Moliner dice que “pedante” es el que camina a pie, pero que su significado se ha ido transformando y “se aplica a la persona que hace ostentación presuntuosa e inoportuna de sus conocimientos, así como a su tono o a sus palabras.”
A cuántos de estos personajes no habré yo conocido a lo largo de mi vida. De la definición de María Moliner parto en busca de una variante: pedante es el que hace ostentación de su condición bípeda, el que se ufana de caminar en dos pies y no ser como las mulas o los perros. Entonces me pregunto si en verdad alguien puede sentir orgullo de ser humano.
Después de las más recientes guerras mundiales y el holocausto, se hizo patente entre los humanistas la vergüenza que les causaba el hecho de ser sobrevivientes. Basta conocer a una persona que nos causa repulsión para lamentarnos de pertenecer a su mismo género. Una sensación semejante produce la situación política que se vive hoy en día en esta sociedad: la incapacidad de las personas para organizarse en busca del bien produce un desaliento de dimensiones estoicas. Y también una vergüenza íntima que nos reduce, ya no a cuadrúpedos, sino a otras especies que carecen de pies. Es así que la pedantería está de más en estos días, el orgullo es polvo que se disipa, la arrogancia es maldad animal y la presunción de habilidades deviene en ingenuidad insoportable.
Hoy en día compro pocos libros y es improbable que se me encuentre, como acostumbraba en el pasado, paseando por una librería. Me dedico más bien a la relectura y al descubrimiento de los libros que mis amigos me hacen llegar a casa. Sin embargo, el martes pasado y debido a razones que no son razones me vi paseando por una librería y poniendo mis ojos en los estantes sólo con el propósito de consumir el tiempo mientras llegaba la hora de acudir a una cita en un lugar cercano a la librería.
Si yo tuviera que elegir alguna virtud de mi escaso repertorio diría que no sé hacer nada mejor que perder el tiempo, pero decir algo así me estaría acercando peligrosamente a terrenos de la pedantería. Entonces lo descubrí: un libro que buscaba yo hacía muchos años, un solitario ejemplar que estaba allí para que yo lo encontrara.
Este libro ha sido muy importante en la historia por dos razones: la primera es porque fue una de las obras más influyentes en la filosofía de los últimos sesenta años, y dos porque su contenido es profundo y el escritor no es pedante, ni recurre a jergas técnicas para darse brillo u ocultar su ignorancia, acude a ejemplos mundanos y se da el lujo de ser superficialmente profundo. Cuando apareció esta obra de Gilbert Ryle, El concepto de lo mental, sus colegas filósofos debieron ruborizarse al principio y después asombrarse, ¿cómo es posible que se pueda decir algo importante sobre la mente de manera tan sencilla, desordenada, informal, modesta? Un libro que no tiene notas a pie de página ni referencias bibliográficas. Eso es lo que me parece importante, y no sugiero que lo lean, pues seguramente se aburrirán ya que trata de asuntos que hoy en día a casi nadie le importan. Lo que me interesa decir es que se puede llegar a ser profundo y claro en la política o en la literatura, sin mostrar orgullo desmedido por haber logrado pararnos sobre dos pies. ¿Cómo puede ser pedante alguien que cada día envejece más? Nos vamos a la tumba, todas las puertas nos llevan a infierno, la política ha llegado a grados de ignominia y desencanto irreparables. Hoy más que nunca la vergüenza de estar sobre dos pies, ser pedantes, agobia a muchos seres humanos.
Quizás ha llegado el momento de comenzar a arrastrarse como un anélido (¡qué palabra pedante!).


