Libros y otras cosas
Por David Huerta
EL UNIVERSAL
El Paralelismo es precioso: María es reina celestial y madre terrenal -su hijo es el redentor que, en la soberbia metáfora eucarística, se transforma en el pan de la comunión... En una hermosa página, Salman Rushdie hace el elogio del pan. El escritor indio-británico confiesa, sin el menor rastro de culpa “nacionalista”, que no extraña en absoluto los panes de la infancia, los que comió en su ciudad, la populosa Bombay; y que prefiere los panes que conoció en Occidente en sus años juveniles y vuelve a ellos continuamente, a sus delicias abullonadas, a sus sabores primordiales.
Al principio me sorprendió leer sus palabras, por la elección y el tratamiento del asunto; luego pensé que un buen escritor -para mí, sin duda, Rushdie lo es- puede recorrer muchedumbres de temas y detenerse alguna vez, acaso en su madurez, en los temas esenciales. Uno de esos temas es el pan, como el agua y la oscuridad del cielo nocturno.
Los curiosos diccionarios de símbolos podrían darme material más que suficiente para redactar esta columna; prefiero no consultarlos y limitarme a los meros escritores, a los poetas. Ellos son quienes nos dan las imágenes memorables; nos regalan esas imágenes, por cierto, sin pedirnos nada a cambio -generosidad intrínseca del arte, de la literatura.
La civilización judeocristiana le ha dado al pan un lugar central, como debe ser. La eucaristía está en el corazón de los ritos cristianos: en la misa, el pan es la carne del Mesías. Nadie lo dijo mejor que Gonzalo de Berceo al elogiar a la Virgen María: “Reina de los cielos, madre del pan de trigo”. El paralelismo es precioso: María es reina celestial y madre terrenal -su hijo es el redentor que, en la soberbia metáfora eucarística, se transforma en el pan de la comunión.
Uno de los grande poetas del dolor, el peruano César Vallejo, escribió imborrablemente sobre el pan en el primer poema de su libro Los heraldos negros. Ahí, Vallejo hace una serie de comparaciones para ilustrar la idea y la experiencia de los grandes pesares, de los “golpes en la vida”, “como del odio de Dios”. Esos golpes, sombríos heraldos de la fatalidad, son caídas hondas “de los Cristos del alma”. En la serie o enumeración, Vallejo construye un impresionante crescendo; uno de los momentos más conmovedores de esa ascensión es la aparición del pan. “Esos golpes sangrientos son las crepitaciones / de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.”
El mexicano Ramón López Velarde hizo las mejores evocaciones de los ambientes provincianos. En su más conocido poema, le dedica un pasaje a la experiencia sensorial de una calle pueblerina, delicadamente invadida por “el santo olor de la panadería”. Siempre he leído ese verso pensando en otro, del argentino Borges, sobre un tema también esencial: “el arduo honor de la tipografía”. El verso mexicano y el argentino tienen la misma andadura prosódica. He llegado a convencerme de que Borges tuvo presente a López Velarde al escribir su endecasílabo: solamente habría que poner, uno al lado del otro, los dos olores -el olor del pan, el olor de la tinta.

