Callejón de Sombrereros
Por Javier García-Galiano
EL UNIVERSAL
Salvador Elizondo confesaba que, para él, el cine había terminado por convertirse en una nostalgia. “Recuerdo las viejas películas de mi infancia y mi juventud”, le dijo a Fernando García Ramírez en una entrevista publicada en julio de 2004 en Letras libres, “del cine mexicano guardo muchos recuerdos en el orden familiar. Ahora ya hace cuarenta años que no voy al cine. Conservo el pequeño catálogo de ‘mis diez favoritas’; en primer lugar Las cuatro plumas y, con ella, El acorazado Potemkin, Berlín, sinfonía de una gran ciudad, de Ruttman, El triunfo de la voluntad, Carnet de bal, Brief Encounter...”.
En una de sus conversaciones con Arturo Ripstein, Emilio García Riera creía recordar que “Tiempo de morir” se había basado en “El charro”, un guión escrito por Gabriel García Márquez para que José Luis González de León lo realizara. Ripstein no lo recordaba, pensaba que González de León tenía otra cosa. “Tenía aquella cosa con Salvador Elizondo, ¿te acuerdas?”, lo acotó García Riera. “¡Ándale!” asintió Ripstein, “cómo se llama, El método Czerny”.
Quizá, El método Czerny era el filme que Salvador Elizondo le propuso al productor Gregorio Walerstein, aunque se decía que detrás de Walerstein estaba el padre de Elizondo. Una historia posible de esa película puede hallarse en el “Intento de cuento”, contenido en “El mar de iguanas”: “En aquel tiempo, ahora ya lo tengo casi olvidado, llegó a mi casa so pretexto de servirme de modelo para la figura de la ‘voluptuosidad’, en el monumento ‘A la vida’ que estaba yo proyectando y que según me había dicho el Regente sería erigido en el crucero de Morelos y Bucareli para hacer pendiente al Reloj Chino. Los chinos miden la hora en los ojos de los gatos. Fui con ella al Café Conde junto al cine Bucareli. Era una vieja de anteojos ahumados y dentadura postiza, arrellanada ya en una de las mesas de ‘caballeriza’. Quería contarme su vida. Pero me confundía. Me llamaba querido señor Poniatowski. Extraña relación onomástica. Hubiera querido hablar en francés, pero ni modo. Tenía la voz y la enunciación de una gran dama. En cierto modo lo había sido. Pertenecía, según me dijo, a una de esas grandes familias francesas de México -conservas alimenticias que habían tenido que salir de México, en condiciones por demás precarias, con la ayuda de un abogado mexicano que se ofreció a ayudarlas en su huida. El caso es que la madre acabó casándose con el abogado en alguna estación del trayecto. Llegados a París ellas (madre e hijas) lo mataron, lo cortaron en pedazos, lo empacaron en un cesto para vajilla y lo llevaron al Gare du Nord para enviarlo a la consigne de Nacy Gare. El caso es que fueron descubiertas y se les hizo un proceso. Un día nos cruzamos en el pasillo del Palais de Justice con Landrú, me dijo madame C. y de una bolsa de rombos de cuero sintético sacó un legajo, contenido el todo en la mitad de un Mètodo Czerny para piano”.
Cuando Elizondo se disponía a dirigir el guión bajo la producción de Gregorio Walerstein y la colaboración de José Luis González de León, revisó el plan de filmación ideado por su amigo, a quien le decían La Bruja, y advirtió que sólo le había deparado la dirección de escenas incidentales. Entonces, decidió cancelar el rodaje.

