Análisis
Por: Gregorio Vidal*
EL UNIVERSAL
El comportamiento de una economía tiene en la formación de capital una variable relevante. Por ejemplo, cuando se observa el firme, sistemático y elevado crecimiento de la economía China a lo largo de varios lustros, debe tenerse presente el tamaño y la composición de la formación de capital.
Es común, para el caso de ese país, conocer que el coeficiente de inversión, es decir la relación de la formación bruta de capital con el producto interno bruto (PIB), es superior a 35% en largos periodos. En su momento, cuando tuvo tasas de crecimiento de 9% del PIB, la economía de Japón también alcanzó un alto coeficiente de inversión.
En México los hechos son diferentes, por lo menos desde hace algunas décadas. La formación bruta de capital se sitúa sistemáticamente en torno a 20%. En años recientes se han realizado diversas reformas económicas. Los gobiernos desde principios de los años 90 han acordado tratados de libre comercio y tratados bilaterales sobre inversión, se suprimieron regulaciones económicas, se liberalizó el sistema financiero y se adoptaron medidas para la libre entrada y salida de inversión extranjera sin distinguir entre inversión directa, de cartera o financiera. Sin embargo, la formación de capital con relación al PIB es en algunos años apenas algo superior al 20%. Cepal, con información oficial, estima que en 2011 la formación de capital en México fue de 22%. Los datos considerados por la Secretaría de Hacienda para establecer la evolución de la economía del país en el mediano plazo no contemplan cambios en esta materia. Se apuesta para el periodo de 2012 a 2017 a un crecimiento del PIB ligeramente menor al 4% y con la formación de capital aumentando a una tasa cercana al 6%.
El comportamiento de años pasados de la economía se ha traducido en un altísimo nivel de pobreza. Las disminuciones en algunos años no se han mantenido, como tampoco disminuye la desigualdad social. La regularidad en la economía del país incluye por un lado un bajo coeficiente de inversión y por otro altos niveles de pobreza y desigualdad social con procesos de concentración del ingreso. Un dato más de esta poco gratificante ecuación es una baja inversión del gobierno y el sector paraestatal. Como se observa en la gráfica, la formación de capital ejecutada por el sector público se redujo drásticamente a partir de inicios de los años 80 del siglo pasado.
Desde los años 90 equivale en promedio al 4% del PIB, sin que se existan programas gubernamentales, proyectos de inversión por organismos públicos y otras acciones por parte del sector público que permitan considerar que la situación se modificará. Por el contrario se apuesta a la continuidad.
La inversión física que se considera efectuar por parte del sector público en las estimaciones de la Secretaría de Hacienda para los próximos años es de 3.7% en 2013 y 2014 y de 3.6% para el periodo de 2015 a 2017. El argumento de la reducción en el gasto público no puede esgrimirse, dado que desde hace años, desde finales de los años 90 tiene un ligero crecimiento. En 2010 fue equivalente a 25.6% del PIB.
Sin duda es necesario mayor gasto público, pero también es imprescindible dirigirlo a la formación de capital. Hay ámbitos relevantes de la economía que para desarrollarse necesitan de las inversiones por parte del Estado. Una nuestra notable es el fabuloso desperdicio de los ingresos conseguidos por las exportaciones de petróleo, en un escenario favorable de precios internacionales, sin haber realizado inversiones en el sector con los recursos obtenidos. Incluso, lo que se comprometió públicamente hace años, la construcción de una refinería, no se ha siquiera comenzado. Que decir de las carencias en el sistema de salud del país, de los formidables retrasos en la infraestructura de comunicaciones y transportes.
Algo más grave, la inexistencia de un programa con las inversiones correspondientes para mejorar la educación en todos los niveles buscando alcanzar en plazos cortos y medios cobertura total de calidad en la enseñanza primaria y la secundaria con un fuerte impulso a la educación superior. Todo ello es necesario para tener un crecimiento sostenido con disminución de la pobreza y de la desigualdad social.


