La Carpeta:
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Desde luego que en París, el abandono como país de  Estados Unidos del protocolo mundial en contra del sobrecalentamiento del planeta provocó un desastre mayor. Es un invento de  los chinos, dijo en su momento el señor Trump.
FELIX CORTES CAMARILLO
septiembre 12, 2017, 12:57 pm
 

Estos, Fabio, ¡ay dolor! que ves ahora

                campos de soledad, mustio collado,

                fueron un tiempo Itálica famosa.

                Rodrigo Caro, Canción a las ruinas de Itálica.

Claro que anteanoche Renata y yo pasamos siete horas sin luz. Para mi hija es una tragedia por la ausencia de sus videos; para mí, lo peor es considerar la posible naturaleza (¿remember Sept. 11?) del desusado incidente.

Cada viernes, en un restorán que yo me sé, un grupo cada vez más lamentablemente menor de los que fueron mis compañeros de secundaria y prepa se reúne a desayunar.  Yo poco voy, pero de vez en cuando los sorprendo con mi presencia. El otro día, pensando que se juntaban a las ocho de la mañana como buenos regios, llegué a las ocho y media. No los vi. El capitán de meseros que me reconoció —famoso que es uno—, me inquirió de a quién andaba buscando. Inmediatamente me dijo, “ah, los doctores!”. Ninguno de esos amigos míos es médico, salvo la lamentable pérdida de Ángel Quijano, hace varios años. Hay un notable arquitecto, un excepcional ingeniero químico y un ingeniero mecánico de no malas tuercas. Así se lo dije. Su respuesta me puso en mi sitio: es que como sus amigos se la pasan hablando de enfermedades y medicinas, yo pensé…

En la mesa del viernes, Andrés Ibarra llamó mi atención. Nos estamos acabando el mundo. Bueno, él dijo que Donald Trump. Desde luego que en París, el abandono como país de  Estados Unidos del protocolo mundial en contra del sobrecalentamiento del planeta provocó un desastre mayor. Es un invento de  los chinos, dijo en su momento el señor Trump.

Invento mis huevos. Eso, en otras palabras, me dijo Andrés, mi hermano. Nuestro mundo se mueve a merced de atracciones físicas de cuerpos mayores. Por eso acontecen las olas el mar, por ejemplo. La teoría de Ptolomeo de que el universo es un montón de pelotitas girando en torno a la Tierra ya la refutó suficientemente Galileo, con pocos huevos para salvar la vida, a propósito. El asunto es que, Trump más Trump menos, los fenómenos naturales incontrolables están mandando un mensaje mucho más palpable que cuando un pedazo de un glaciar allá en el norte se desprende de la masa polar. Los ciclones van a ser más frecuentes y más potentes. Las costas, eventualmente, se van a correr hacia adentro, marcando la desaparición de ciudades costeras como Nueva York, Acapulco, Los Ángeles, Veracruz, Shanghái o Río de Janeiro.

El asunto es muy sencillo y lo entiende todo el que haya visto a un meteorólogo en la televisión: La fuerza de los vientos circulares de los huracanes la adquieren de las aguas más calientes de los mares que cruzan viniendo rumbo a América desde el norte de África, por un lado, y de los mares del sur, por el otro. Los rayos del sol, que al mismo tiempo nos dan vida y muerte, son el origen de la tragedia. Por circunstancias a las que los humanos hemos contribuido con el consumo de combustibles pétreos. Y el planeta se está sobrecalentando. El gobierno chino, que manda en un país que es el mayor contaminante del mundo, lo ha entendido. El único que se resiste a admitir esa realidad es el presidente Trump. No se trata de personalizar la culpa. Trump  tiene la culpa y nos la debe, pero la vamos a pagar todos. Ahora bien, todos nosotros, sin ser el copetudo, aportamos algo al deterioro del planeta; con el chicle en la calle —¿usted sabe que lo meten al bote si tira un chicle en Singapur?— con la basura frente a la casa, con los detritus por doquier.

Dice el doctor De la Fuente, que no quiere ser Presidente de la República, que un cuarto de millón de personas muere por la contaminación ambiental. La misma que destroza por ciclones y temblores un planeta que estamos destruyendo, todos.

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