¿Qué más?
Luis de la Calle
EL UNIVERSAL
La reciente reunión de Davos sirvió como un foro para cuestionar las virtudes de la economía de mercado y el capitalismo. El severo ajuste para muchos países europeos y la perspectiva de ajustes futuros en la economía de Estados Unidos llevan a algunos a pensar que el “modelo” económico ya no sirve y es necesario cambiarlo.
La principal diferencia entre esta discusión y otras en el pasado es que el ajuste se da ahora en economías que antes imponían el “consenso de Washington” a países emergentes o a economías en transición hacia una economía regulada de mercado.
Obviamente, no es lo mismo recomendar a otros que incrementen la tasa de interés (como lo hizo el Tesoro de Estados Unidos a México a inicios de 1995), exigir una corrección para que cuadren las cuentas públicas y asumir el costo del desempleo, el cierre de empresas, caídas en recaudación, rescates bancarios y demás cargas de un ajuste, que hacerlo para la propia economía.
Lo que Estados Unidos recetaba a otros, nunca se lo recetaría a sí mismo. No obstante, aun este país quedará sujeto en el largo plazo al propio consenso de Washington.
Por esta razón, el debate ya es de naturaleza distinta y se centra no sólo en las políticas macroeconómicas para paliar la crisis de origen financiero, sino en temas por demás importantes como la desigualdad, la estructura económica y el papel del Estado en la economía.
Ya se escuchan voces sobre el “fracaso” del modelo anglosajón y el “éxito” relativo de otras economías (China y los asiáticos, los países del norte de Europa y Brasil) para impulsar los programas preferidos de diversos grupos de interés.
El ciudadano de a pie debe ver con cierto escepticismo los programas que se propongan para, “ahora sí”, transformar el país. Por un lado, muchos de ellos quizá sean una velada forma de protección para reducir la competencia en los mercados y reservarse una rebanada del pastel. Por otro, se van a pedir recursos crecientes para proyectos estratégicos que pretenden apuntalar el desarrollo nacional (refinerías, por ejemplo).
En realidad, México llega a esta crisis internacional —la cual puede durar varios años— en una posición de relativa fortaleza que debería aprovechar no sólo para no revertir la modernización lograda, sino para avanzarla de manera decisiva.
Comparado con sus principales competidores, en México no se requieren ajustes dolorosos para la población ni de un sacrificio en términos de bienestar. Al contrario: los cambios necesarios favorecen a las mayorías pero impactan a minorías que se benefician del status quo. El problema es que los grupos de interés pueden ahora utilizar el nuevo debate internacional sobre la economía de mercado para alejarse de ella y fortalecer sus posiciones de privilegio. Sería un grave error caer en esta trampa y no insistir en una economía estable, que beneficie a ciudadanos, consumidores y trabajadores y donde reine la competencia, incluso en el sector energético cuya comercialización hoy está monopolizada por el Estado.
Comparado con sus principales competidores, México no requiere un ajuste fiscal significativo (aunque sí una reforma fiscal profunda que incentive la formalidad y convierta a cada ciudadano en un inspector fiscal al hacer deducible el 16% de cualquier gasto que sea acumulado por la contraparte); no requiere de un ajuste en términos de deuda (al contar con niveles de endeudamiento menores y plazos y tasas razonables); no requiere de un ajuste demográfico en las próximas décadas para hacer frente al envejecimiento de la población (aunque sí de cambios significativos para incrementar la productividad promedio y ser actuarialmente viable); no requiere tampoco de un gran ajuste democrático (a pesar de la imperiosa necesidad de cambios en las leyes electorales para ciudadanizar la democracia e incrementar la rendición de cuentas) y no requiere, otra vez, de un ajuste en términos de apertura económica.
Los principales competidores de México en el mercado por la inversión y en los mercados de bienes y servicios, requieren de uno o más de estos ajustes que toman tiempo, son políticamente complejos y son caros para el contribuyente.
Para encarar la discusión ideológica que se avecina, México debería enfatizar sus ventajas comparativas, más que responder a la acalorada discusión que todo ajuste doloroso genera en otras latitudes. El país ya tuvo esa discusión, es probable que la tenga otra vez ahora. Veremos si se aprendieron las lecciones del pasado.

