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Ya el tiempo se encarga de echarnos a perder, de aniquilar las utopías o de volvernos otros.
Staff
junio 25, 2012, 8:08 am
Terlenka

Guillermo Fadanelli

EL UNIVERSAL

A menudo escucho decir a las personas que desean cambiar su vida, dar una vuelta de tuerca a lo que son para volverse diferentes. Y cuando soy testigo de esta necesidad de cambiar, del cansancio que se expresa en el deseo de volverse otra persona, no dejo de dudar o al menos entristecerme. ¿Hasta que punto uno puede en verdad cambiar su vida?

Ya el tiempo se encarga de echarnos a perder, de aniquilar las utopías o de volvernos otros. En el relato, Taibele y su demonio, Bashevis Singer cita un refrán que dice: “Dios nos libre de todo aquello a lo cual podamos acostumbrarnos.” Y, sin embargo, las costumbres son las que atan a las personas a su tierra y las transforman en árboles, en montañas que forman bosques y cordilleras que, a su vez, dan lugar a un mundo que gira al mismo ritmo todos los días. Sí, tomo en cuenta la idea de que sólo lo que cambia permanece y que es el cambio la única costumbre que da frutos, pero no me parecen más que frases interesadas o conceptos parciales. La verdad es que sin costumbres no hay vida. ¿Me habré vuelto un conservador?

En el mismo relato de Bashevis Singer, un personaje decide despreciar su pasado, marcharse de casa y abandonar a su mujer. Y cuando los vecinos le preguntan hacia dónde se encamina, este personaje responde: “Voy a donde me lleven mis ojos.” ¿No es ésta una bella intención descrita además de forma tan sencilla que causa en quien la escucha una íntima emoción? Voy a donde me lleven mis ojos. Pero la verdad es que uno jamás puede hacer algo así y el impulso de la metáfora o el entusiasmo con que se emprenden estas aventuras, acabarían con la vida de una persona en unos cuantos días. El impulso romántico es una de las más profundas y nobles características de cierta clase de arte y, en general, de los seres humanos, pero si lleváramos este impulso a sus últimas consecuencias terminaría conduciéndonos a la locura.

Thomas Bernhard, el escritor austriaco que odiaba profundamente a su país y a quien tanto he citado en este espacio, decía que su actividad primordial no era el teatro o la escritura, sino el vestirse todos los días. Vestirse, desnudarse, peinarse, desabotonar la camisa, bañarse, cortarse las uñas, calzarse, abrir la ventana. Estas no son actividades secundarias, sino que son las que ocupan el lugar más importante en la vida de una persona. En Doctor Pasavento, de Enrique Vila-Matas, se alude a la nota de despedida que un enfermo escribiera momentos antes de ahorcarse. La breve nota decía: “Tanto abrochar y desabrochar.”

Y luego de recordar la nota de su paciente suicida, el doctor Pasavento confiesa, exasperado: “Cada día me deprimían más las repeticiones y todo comenzaba a parecerme insoportable. Levantarse, vestirse, comer, escribir, defecar, desvestirse, acostarse. Todo me lo sabía ya de memoria, hasta la locura. ¿Cuántas veces, por ejemplo, había visto llover en mi vida?”

Tanto abrochar y desabrochar. ¿No se cansa uno? Es entonces cuando al escuchar decir a una persona que desea cambiar su vida, un confuso sentimiento de tristeza y melancolía me aborda. Por una parte me alegra que el espíritu romántico ofrezca a esa persona algunos momentos de esperanza y felicidad: “¡Voy a cambiar, seré otro!” Mas, por otra parte, me pongo a pensar que uno se halla atado a las costumbres porque son ellas la sangre real de la vida. ¿O es que alguien podría, a no ser un cadáver, permanecer todo el tiempo sin desvestirse? Entonces me digo a mí mismo que yo no deseo cambiar mi vida y sólo aspiro a desabotonar mi camisa sin sentir por ello agotamiento o desazón. Si algún día realizar estas actividades llegara a producirme una mínima alegría, es porque finalmente habré logrado en verdad transformarme en otra persona.

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