La Carpeta:
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La última vez que me paré por Satélite fue a un salón de fiestas sobre el boulevard Manuel Ávila Camacho para el lanzamiento de un número especial de la revista DF, que entonces yo dirigía. Era agosto de 2005. El número se llamó. “Todos somos satelucos”.
Staff
febrero 21, 2012, 11:35 am
Cronista de guardia

Guillermo Osorno

El Universal
guillermosorno@gmail.com
@guillermosorno

La última vez que me paré por Satélite fue a un salón de fiestas sobre el boulevard Manuel Ávila Camacho para el lanzamiento de un número especial de la revista DF, que entonces yo dirigía. Era agosto de 2005. El número se llamó. “Todos somos satelucos”.

En la carta editorial de aquella publicación decía que uno no hablaba normalmente de Satélite por el miedo de verse reflejado en su espejo. Pero habría que reconocer que esta parte de la ciudad había sido el laboratorio donde se pusieron en juego muchas de las prácticas urbanas que luego nos fueron cotidianas. Antes que el tráfico, los de Satélite ya lidiaban con el Periférico; antes de la invasión de los centros comerciales como único espacio público, la gente de Satélite desarrolló unos ritos alrededor del suyo. Antes de Santa Fe, Satélite fue la ciudad genérica, suburbana y americanizada.

La idea de dedicarle un número a este arcano tema fue en realidad de Uriel Waizel, un conocido productor radiofónico y crítico musical. Uriel y Fernando Llanos, oriundo de la zona, habían montado una página de internet (satelin-torres.com) para mostrar que Satélite era, de hecho, productora de bienes culturales que acaban emigrando a la ciudad de México: desde Pompín Iglesias hasta Café Tacvba o Aleks Synteck. El propósito de Uriel y Fernando era el de crear cierto orgullo sateluco, de la misma manera en que al final de cuentas ser chilango no resultó tan gacho.

Hoy, todo ese orgullo se concentra en un hermoso libro rojo, que tiene forma de guía roji, pero más grande. Es la culminación de casi diez años de darle vueltas al laberinto de la soledad en el norte de la ciudad. Se llama Satélite, el libro (Universidad Autónoma Metropolitana, 2011) Contribuyeron, además de Uriel, y Fernando Llanos, el fotógrafo Dante Busquets, la especialista en representaciones sociales y espacio urbano Martha de Alba y la geégrafa Guénola Capron.

¿Qué contiene? Una foto de la remodelación del Colegio La Salle de Satélite donde se muestra cómo un edificio funcionalista quedó como una mala copia de college inglés, como si Harry Potter fuera de por allá. Una serie de fotos del periférico, tomadas desde el mismo ángulo, pero a distinta hora, donde se argumenta que el tráfico es eterno. El fragmento de una crónica de Juan Villoro que dice: “Cuando era niño, nuestro finis terrae hacia el norte se llamaba, en forma apropiada, Ciudad Satélite. Sus pobladores conformarían una tribu marcada por el desarraigo: los satelucos, primeros mexicanos del espacio exterior. Millones de capitalinos después, Ciudad Satélite es el inicio de una vasta urbanización donde las únicas señas de identidad son las únicas cinco o diez o quince Comerciales Mexicanas que encienden sus pelícanos de neón hacia el inescrutable horizonte. Al regresar de esta travesía, le dije a un amigo que estaba harto de ver propaganda: “No te quejes”, respondió, “si quitaran los anuncios sería peor: se vería la ciudad”.

Pero la ciudad satélite se ve en este libro y ¿saben? No está mal. No es de risa. Acaso es un sueño roto. Ya no es la ciudad del futuro. Es la memoria de la ciudad que vivimos y que tenemos.

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