La Carpeta:
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A sus más de ochenta años, don Othón murió en el único camastro de su humilde casa de Tlapa, mal ventilada y peor iluminada. Lo visité poco antes de su final. Carecía de fuerzas hasta para toser.
Eloy Garza
Mayo 19, 2017, 5:57 am

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Me lo presentaron en el año 2000 como el viejo profesor de la izquierda mexicana, perchero en el que cuelga el sombrero más de un rojo anacrónico y oportunista. Pero en él, el apelativo le sentaba bien. Fue durante el primer intento de creación del Partido de la Social Democracia, con Gilberto Rincón Gallardo como candidato presidencial y Alberto Begné como presidente del Comité Nacional.

Al acto de fundación asistió como uno de sus miembros don Othón Salazar, entonces ya un anciano de mirada inquisitiva (había nacido en 1924), voz de jilguero de plazuela y un cuerpo que levitaba entre la multitud de ex comunistas, priistas arrepentidos y periodistas, como si fuera la aparición de un santo laico. Y en cierta manera lo era, aunque hubiese renunciado pronto al paraíso artificial del PRD, por sentirse defraudado de su democracia interna, rehén de tribus y protagonismos vendidos, muy chuchos cuereros.

Don Othón fue compañero de dirigentes como Valentín Campa y Demetrio Vallejo. Se formó como maestro primero en la Normal Rural de Ayotzinapa y luego en la Escuela Nacional de Maestros. Encabezó el Movimiento Revolucionario del Magisterio (MRM) y lideró las jornadas de lucha de masas en 1956, 1958 y 1960 en una contienda desigual por lograr la democratización del SNTE y en defensa de la educación pública. Bajo las siglas del Partido Comunista Mexicano (PCM) fue un diputado federal de verbo encendido e iniciativas que no prosperaron en el legislativo por la ceguera del PRI, pero que fueron pioneras en temas como los medioambientalistas.

¿Qué consiguió don Othón? De entrada, salarios más decorosos para los maestros, poner en el tapete de la discusión la justicia social efectiva y sin dobles intenciones y promover la lucha por la ecología. ¿Qué consiguió para sí mismo? En los años cincuenta ser apresado en Lecumberri junto con sus demás compañeros de la sección 9 del SNTE. Luego lo cesaron como maestro desde 1960. Nunca recuperó su plaza de docente y no lo reinstalaron en el sistema educativo nacional. Tanto el gobierno federal como el magisterio de la entonces poderosa Elba Esther se hicieron de la vista gorda, en espera de que muriera para hacerle su respectivo homenaje oficial.

El día del acto fundacional del PSD me senté al lado suyo, en la segunda o tercera fila del auditorio y vimos como después del discurso incendiario de don Othón ("tengo los ojos ciegos de ver tanta injusticia y miseria") tomó la palabra Rincón Gallardo para hablar de tolerancia, comprensión, diálogo fructífero, etcétera, etcétera. Cuando éste terminó su filípica, don Othón me susurró al oído: "Ya vio usted: primero habló el rojo y luego el rosa. ¡Vaya evolución de país!" No supe si reír o aguantarme la vergüenza. Los dos ex militantes comunistas eran amigos, pero la urdimbre ética de uno y otro eran de distinta calidad y nada más distante que sus respectivas trayectorias públicas. Uno se mantuvo congruente en la pobreza hasta que murió. El otro recibió al final de sus años oro, incienso y mirra, y murió en la santidad oficial del foxismo y, postreramente, del calderonismo (no faltó el advenedizo que pidió a destiempo echar sus restos a la Rotonda de las Personas Ilustres).

Don Othón había sido el primer alcalde de Alcozauca, su pueblo natal en las montañas de Guerrero (uno de los más pobres del país y donde mal viven la mayor cantidad de niños desnutridos) y fue también el primer presidente municipal del Partido Comunista de México. Gramsci llamaría a esto una contradicción en esencia: un comunista irredento ganando una elección democrática y cumpliendo con un programa de la más pura estirpe socialdemócrata, con el añadido de que gobernó con tan buen tino y honestidad, que hasta le sobró dinero para construir cerca de la plaza del pueblo una toma de agua (inaugurada bajo un amate) y un hospital infantil, bien equipado y mejor administrado.

A sus más de ochenta años, don Othón murió en el único camastro de su humilde casa de Tlapa, mal ventilada y peor iluminada. Lo visité poco antes de su final. Carecía de fuerzas hasta para toser. Murió por culpa de la hipertensión y la diabetes homicida, sin homenajes bien merecidos, sin el reconocimiento popular y peor, sin la plaza magisterial (y por ende, sin los servicios del ISSSTE ni seguro médico) que le correspondía por pleno derecho y por reivindicación histórica. Fue una injusticia más en este país de lutos humanos y proletariados sin cabeza.

Debiera imaginarlo derrotado, como recordaba Pedro Garfias a su padre, pero lo recuerdo siempre vigoroso, arengando con elegancia indígena a quien tuviera oídos: "Desde niño recorrí la montaña guerrerense, el hambre, la miseria, la adversidad y los indios, mis hermanos y yo. Subíamos y bajábamos las veredas buscando que se nos oyera, que hubiera un elemental acto de justicia para quienes llevan una vida de desdicha desde hace siglos. La lucha continuará con los míos, con mis hermanos los indios, ahora y mientras me quede vida, para que algún día el sol salga para nosotros".

La Secretaria de Educación Pública nunca recapacitó y no fue reinstalado como maestro don Othón antes de que la muerte le impidiera restaurarle esta legítima prestación. ¿Era mucho pedir a las autoridades del gobierno federal? Se lo merecía como héroe cívico y nosotros como ciudadanos en busca de nuestra dignidad perdida.

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